Es ahora”, escuchó Javier Milei el lunes. Un comentario de cuatro segundos de Donald Trump, displicente pero nada azaroso, sirvió para poner en escena una operación que el Gobierno activó reservadamente en diciembre pasado y que dos meses atrás sumó volumen crítico cuando un informe
Es ahora”, escuchó Javier Milei el lunes. Un comentario de cuatro segundos de Donald Trump, displicente pero nada azaroso, sirvió para poner en escena una operación que el Gobierno activó reservadamente en diciembre pasado y que dos meses atrás sumó volumen crítico cuando un informe de inteligencia confirmó la inminencia del inicio de la explotación offshore en la zona de Malvinas.
La Cadena Nacional se pensó para hacerla de inmediato, pero el viaje de Milei a Chile la pateó para el jueves. La causa Malvinas nunca estuvo en el radar presidencial pero, jaqueado por el malestar económico, Milei lo asumió como una oportunidad para recuperar centralidad, incomodar a la oposición y salir de la defensiva. “Volvió el Javier estadista”, sobreestimó un operador. El primer Milei, el que imponía la agenda.
El pack de anuncios, donde la única novedad es la propuesta para crear un Consejo de Seguridad Nacional, obsesión de Santiago Caputo que copia el modelo de Estados Unidos, tiene un componente político inédito: el giro de Trump de abandonar la histórica neutralidad de Washington en la disputa por Malvinas. Milei puede decir, con derecho, que es producto de su alineamiento con el republicano.
Hay objeciones obvias. El republicano usa Malvinas para tensionar con Gran Bretaña, a quien le reprocha que no participó del ataque a Irán y al que le reclama que destine más presupuesto para cubrir los gastos de la OTAN. Es decir: si hubiese un deshielo en el vínculo entre Washington y Londres, Trump podría retomar la neutralidad. No sería la primera vez que cambie de opinión.
Póliza de riesgo político
Milei compró, a libro cerrado, el planteo que le hicieron Caputo y el canciller Pablo Quirno respecto de que el ruido de Trump con Londres es una oportunidad. Y que puede ser un anabólico para hacer posible el principal objetivo a corto plazo del Gobierno argentino: interrumpir, o al menos ralentizar, que el proyecto Sea Lion -de las empresas Navitas y Rockhopper- avance de la fase de exploración a la de explotación.
El viernes, en círculos libertarios, se distribuyó el dato de la caída de la cotización de las acciones de las dos empresas que están en el proyecto. En la Casa Rosada apuestan a que la amenaza de sanciones de la administración Milei, pero con el guiño de la Casa Blanca, genere alertas entre los inversores. “El plan es lograr que no arranque la explotación”, dicen en LLA.
Hasta acá, el Gobierno argentino no intervino. En marzo pasado, Navitas hizo una presentación ante inversores a los que les prometió una “póliza por riesgos políticos” pero, a la vez, mencionó que “la decisión de inversión se completó sin ninguna interferencia por parte del Gobierno argentino y con pleno apoyo de los gobiernos de Malvinas (usan otra denominación) y del Reino Unido”.
“De las declaraciones recientes del presidente argentino, Javier Milei, se puede inferir que apoya el derecho de autodeterminación de los habitantes de las Malvinas (usa otra denominación) y no considera que se trate de una cuestión política a tratar”, indicó el portavoz de Nativas ante los inversores. Tenía motivos para pensar eso: Milei habló de lograr que los kelpers elijan ser argentinos y usó la figura, que habitualmente se usa para cuestiones de inversiones, de “votar con los pies”.
















