En un partido dramático, con dos goles de Maravilla y un cabezazo agónico de Pardo, la Academia dio vuelta la serie y jugará con Vélez por un lugar en la semifinal.
Ya pensaba en la definición por penales Gustavo Costas. Ya había entrado Cambeses en tiempo de descuento por Arias porque el DT Costas confiaba más en el que en el capitán para los eventuales tiros desde el punto blanco. Pero no le hizo falta a Racing llegar a esta instancia tan angustiante. De manera agónica, en uno de los últimos ataques del partido, Franco Pardo apareció libre por el segundo palo, puso la cabeza y le estampó su firma a una noche épica, histórica, inolvidable, dramática para la Academia. Corazón, momentos de fútbol, de zozobra, incertidumbre, suspenso. Todo adentro de la bolsa como condimentos de una victoria que hizo desahogar a un Cilindro a reventar. No hubo agua capaz de apagar ese fuego interno de los jugadores y de los hinchas. Todos juntos, como tanto pregonan los protagonistas, lo hicieron posible. Escribieron un capítulo glorioso. Por más que no haya sido una final de competencia, para Racing sí lo fue. Y así la vivió, así la jugó. Bajo la lluvia por momentos, más de 50.000 hinchas le pusieron el cuerpo y el alma a una cita histórica.
El escenario pintaba, desde temprano, para propiciar otro terreno apto para la lucha, esta vez con el condimento clave que reforzó ese perfil de desarrollo: el agua. Había que adaptarse a ella. Y a la presión. No había que pasarse de revoluciones ni caer en la ansiedad por dar vuelta la historia que había empezado a escribirse en el estadio El Campeón del Siglo. No estuvo embarrada la cancha, sino impredecible en la primera etapa. La pelota rodaba rápida por varios sectores y más lenta donde había más agua. Costas armó un equipo combativo, con el ingreso de un agresivo y buen cabeceador Pardo, más la fuerte personalidad y rudeza física de Marcos Rojo y la potencia de Balboa en el doble nueve junto a Adrián Martínez. Maravilla, sí, el autor de un doblete de los más valiosos de su carrera.
Después de ponerse arriba con el olfato de Maravilla para capturar un rebote y empatar el global, llegó el mazazo de Nahuel Herrera de cabeza, un martillazo directo que causó el peor de los silencios en el Cilindro. Peñarol se reponía pronto de la estocada recibida y amenazaba con hacer daño con espacios, de contra. Racing no se desesperó. Lejos de caer en la tentación del pelotazo para los tanques de arriba, puso la bola contra el piso. Por los costados, como tanto le gusta fue con Martirena por derecha y Gabriel Rojas por izquierda este importante en los lanzamientos de pelota parada. Hubo circuitos, hubo secuencias de pases que lo fueron metiendo contra su arco al Carbonero. Se fue el entretiempo con la sensación de haber sido superior en el juego. Salió a la parte final con a misma postura la Academia. Presionó, buscó, desbordó, tuvo chances claras. Aguirre metió a Milans por Terans y decididamente se enamoró del juego de contra. Racing siempre fue superior. Fue valiente, dejó espacios atrás que paralizaron corazones pero que Peñarol no pudo aprovechar. Con autoridad, insistencia, coraje. Nunca dejó de creer Racing. El gigante a nivel internacional se despertó. En un partido de locos, volvió el campeón de la Sudamericana y la Recopa. Fue para un Pardo cardíaco. Sí. A disfrutar, Racing.
















