Aseguran que cuando empezó a jugar al tenis no llegaba a la red y que años más tarde llevaba a sus primeros partidos una muñeca en la mochila. Solana Sierra, la hija única de Omar y Marta Canevello, la que acuna por estos días londinenses una ilusión enorme, nació para el deporte. Alguna vez el propio Omar Sierra le contó al diario La Capital de Mar del Plata: “Con 1 o 2 años ya mostraba una capacidad motriz y una coordinación atípica para la edad. Cuando tenía 3 años yo alquilaba una cancha de padel y jugábamos a pasar una pelota de bajo presión. Le gustaba”.
Antes de cumplir los 4 el padre la llevó a la flamante academia de Teléfonos de Bettina Fulco, cuartofinalista de Roland Garros en 1988. Pero quien aquel mismo año llegó a ser la 23ª del mundo, le dijo que “si le daba clases le robaría el dinero porque a esa edad no hay capacidad de coordinar y de seguir la pelota”. De todos modos aceptó indicarle varios ejercicios con las pelotas rojas que picaban un 75 por ciento menos y que en Argentina todavía no se conocían.
Cada tres meses Omar Sierra iba a Teléfonos para recibir nuevos tips. Y le enviaba a Fulco videos de su hija. Hasta que a los 5 años ingresó a la escuelita y empezó a tomar clases con ella o con otro profesor. A los 8, incluso, Fulco la puso a las órdenes de Claudia Castillo, la PF que formó a Francisco Comesaña, entre otros varios tenistas, y así empezó a trabajar también en su preparación física.
Sin embargo, un año más tarde, Sierra pasó a entrenarse con Hernán Cortez, de Once Unidos, en el primero de los muchos (demasiados, en realidad) coaches que tuvo a lo largo de su todavía novel carrera y que fue cambiando por diferentes motivos. Incluso, por algunos que poco tuvieron que ver con lo tenístico.
Más allá de aquella modificación, la marcha no frenó. Y de esa manera empezaron los viajes. Lo señaló Omar Sierra más de una vez cuando recordó: “Andábamos en un Peugeot 307 que había superado los 400 mil kilómetros. Y 350 mil los hicimos para ir con Solana a los diferentes torneos. Ibamos en auto a todos lados. Llegamos hasta Porto Alegre, Brasil”.
Fanática de River como casi tanto de Marcelo Gallardo, hay fotos en las que se la ve con la camiseta con el “9” jugando picados en el seno de una familia inundada de primos. Amante de los animales y con un sueño que espera concretar. “Si algún día puedo ganar dinero con el tenis me gustaría invertir en una fundación para perros”, suele decirles a los suyos.
















