Hija del cineasta Ron Howard, se crió dentro de los sets de filmación. Fue la musa de M. Night Shyamalan, dirigió episodios de las series de Star Wars y ahora brilla con una comedia seriada que coprotagoniza junto a Nick Mohammed y Orlando Bloom.
Bryce Dallas Howard se pone de pie de un salto, riéndose a carcajadas. «Cada vez que estoy en un set, estoy obsesionada con el peligro», dice mientras mueve los brazos de un lado a otro. «¡Quiero peligro! ¡Quiero gente empalada! ¡Quiero un alto conteo de cadáveres!» Un coro de asistentes y colegas, sentados con nosotros en una suite de hotel en Londres, estallan en carcajadas de reconocimiento. «¡Quiero cuerpos en la pared!», exclama Howard. «¡Quiero desmembramientos!» Me pregunta si me acuerdo de la escena del sable oscuro en The Mandalorian. Yo no me acuerdo (ella no me escucha, de todos modos). «Era súper importante para mí que se viera cómo cortaba un cuerpo al medio. Sin cortes. Sin sombras. Había que verlo. Porque en el relato el peligro es poderoso». Se acomoda la campera y vuelve a su asiento, dejando claro su punto. «Ay Dios, ya veo el título», dice. «‘Bryce Dallas Howard es una enferma de mierda’. ¡Jajajaja!»
Yo jamás me podría salir con la mía diciendo algo así. Pero sería bastante más directo que “Bryce Dallas Howard, musa de M. Night Shyamalan devenida científica de Jurassic World y ahora directora de varios programas de Star Wars, es en realidad mucho más excéntrica y encantadora de lo que uno podría imaginar”. Eso es un poco largo. Pero, después de pasar un rato con ella, resulta bastante cierto.
Un poco como su papá Ron, el director detrás de un catálogo gigante y variado de clásicos modernos como Splash, Apolo 13 y Frost/Nixon, Howard siempre fue vista como alguien confiable: siempre profesional, nunca fuera de lugar, una verdadera obrera de Hollywood. Pero esa reputación también le queda un poco chica y no refleja bien su faceta actoral. Si uno revisa sus 20 años de carrera, recuerda el terror etéreo que aportó en The Village de Shyamalan, su locura cómica en el episodio “Nosedive” de Black Mirror, o la decepción bien inglesa que encarnó en la biopic de Elton John, Rocketman. ¿Es sorprendente enterarse de que también es fanática de mostrar carnicería en pantalla y que a los 12 años escribió un trabajo escolar sobre la tendencia humana hacia la violencia? ¡Sí! Pero en realidad es culpa nuestra por no haberlo descubierto antes.
Después de un día entero de prensa por su nueva comedia Deep Cover en Prime Video, Howard sigue con la energía a full. Alterna entre una excitación súper expresiva – gestos, risas, imitaciones-, y un discurso más serio y profesional. Y aunque en algún lado leí que la gente pelirroja envejece mejor que el resto, me sorprende lo joven que se ve: parece de 25. En realidad tiene 44, y me quedo helado cuando menciona, como al pasar, que su hijo -tiene dos hijos, Theo y Beatrice, con el actor Seth Gabel- acaba de terminar la secundaria.
Estamos hablando de violencia porque Deep Cover está, inesperadamente, lleno de eso. La historia gira en torno a tres comediantes de improvisación de Londres (Howard, Nick Mohammed de Ted Lasso y un Orlando Bloom que sorprende) reclutados por un detective de la policía interpretado por Sean Bean para infiltrarse en operaciones criminales de bajo perfil -aparentemente los policías reales no son muy buenos improvisando en el momento-. El trío acepta de mala gana, pero los operativos se van poniendo cada vez más sangrientos y enredados, hasta cruzarse con capos mafiosos encarnados por Ian McShane y Paddy Considine. Es completamente ridículo, pero muy gracioso y muy británico, con un humor incómodo al estilo The Office, y escenas cómicas elaboradas con cadáveres y sesos desparramados. Por si no había quedado claro: a Howard le fascina lo morboso.
















